Don Arturo

Ex cruzado, maldito por su arrogancia, desposeido y escondido en lo más profundo del bosque

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Tras toda una vida resignada a ser de esas mujeres que no son capaces de traer una vida a este mundo, doña Joaquina, conocida como la Dama de Abelaira, descubrió que estaba encinta cuando ya había superado ampliamente la treintena.
¡Qué tremenda noticia y qué revuelo en toda la comunidad! ¡Qué tremenda alegría para Don Rodrigo! Su amada esposa al fin veía contestadas sus fervientes plegarias y le traería por fin un hijo. Sí, un hijo… de algún modo ella sabía que era un hijo… y que este hijo era un regalo de Dios.
Un hijo que sería casi una leyenda, un espíritu tocado por la mano Divina, que le concedió tremendos dones, pero cuyo difícil parto costó la vida a la Dama de Abelaira, que dejó el mundo feliz al haber podido contemplar a su hijo entre sus brazos, un bebé que nació con salud de hierro y cuyos ojos ya dejaban ver la fuerza del espíritu que había en su interior.
El crecimiento de Rodrigo hijo fue espectacular, como ya lo era su tremendo tamaño como bebé. En toda la comarca se hablaba del milagro Abelaira, a menudo con orgullo y siempre con fervor cristiano. A instancias de su padre, el señorito Rodrigo recibió instrucción marcial para llegar a ser un digno caballero, y desde pequeño recibió lecciones acerca del honor en la liza, de la justicia y del comportamiento cortés y caballeroso. Don Rodrigo le inculcó personalmente el valor de la paciencia, y la importancia de utilizar el seso antes que la hoja.
Llegó un momento en que Rodrigo hijo era simplemente el hombre más alto que jamás se había visto por toda la comarca de Lugo. Y al hacerse un hombre, “Rodriguín” sintió despertar una parte de su mente, y fue realmente consciente de la complejidad mística del mundo y de la maldad que puede haber en él. Veía cosas que su mente no entendía, pero su alma sí, y hablando con su padre (y únicamente con él) de esto, él le daba a entender que Dios lo había puesto en el mundo para realizar grandes hazañas. Así se empezó a formar la idea de acudir a la mayor hazaña militar orquestada en nombre de Dios: La Cruzada.
Cuando, años después, su extraña sensibilidad desenmascaró un pequeño culto satánico en la zona, Rodrigo hijo se convenció de que su razón de ser en el mundo era la de encontrar y destruir todo lo que en él había impío.
Así, pues, tras algún tiempo, cuando ya era reconocido como un destacado e imponente caballero, Don Rodrigo de Abelaira y Torres partió a las cruzadas.

Si bien se consideraba un hombre, un caballero y una invencible proyección del brazo de Dios, grandes dosis de humildad habría de aprender Don Rodrigo hijo en aquellas lejanas tierras. Es allí donde realmente creció y se hizo un hombre.
Este impresionante caballero de 8 pies de estatura, aunque lento en movimientos, aplastaba al enemigo. Y en su apasionada ostentación de fuerza y poder, Rodrigo gritaba, insultaba al enemigo… y lo aplastaba sin piedad, buscando luego otro enemigo que aplastar. Tanto confiaba en su habilidad de discernir lo impío de lo sagrado, que terminó por no analizar a fondo aquello que atacaba y aplastaba, y llegaría un momento en que no se detendría a intentar usar su milagroso don, sino que actuaba conforme a prejuicios, como una implacable máquina de destrucción. El tranquilo y afable Rodrigo, prendado de sí mismo, se transformaba en un imparable “martillo Divino” que apenas pensaba y sí gritaba y mataba.
Rodrigo, con su tremenda corpulencia, se había rodeado de unos pocos caballeros y soldados que le seguían y actuaban guiados por él, y también disfrutaban del instinto depredador y sanguinario. Fue en una de las lizas en las que se embarcaba este grupo de caballeros cuando todo cambió de repente.
Nunca supo qué pasó. Sus compañeros cayeron uno tras otro fulminados por alguna brujería extraña, y cuando sólo quedaba él, se sintió inmovilizado, impotente, ante un poder que nunca pensó que existiría. Al principio pensó que Dios le pretendía dar un mensaje (tal era su soberbia), e intentó arrodillarse, pero no lo consiguió. Entre la oscuridad, sintió unos pasos acercándose, y sintió que quien se acercaba era alguien santo. Intentó hablar, pero una voz que hablaba en árabe dijo sin más:
“… En cada insulto y cada vulgar grito inhumano, has perdido la voz de cinco años… y ahora descubres que lo santo no tiene que por qué ser cristiano, ni lo impío tiene por qué ser árabe. Al engañarte eres otro, tu paciencia se vuelve ira descontrolada y tu entendimiento se desvanece… así pues será en lo venidero cuando alguien nacido de mujer te engañe y tú lo sepas… vete de aquí y encuéntrate a ti mismo”
Así pues, el héroe que partió de tierras Gallegas dispuesto a ser el instrumento de Dios, volvió diez años después sin saber quién era. Sólo podía hablar en susurros, perdida su voz por muchas, muchísimas veces cinco años, y en su viaje de vuelta había tenido la suerte de que cuando supo que alguien intentaba engañarle, fue en caminos perdidos, y el pobre desgraciado supo poner tierra de por medio antes de sufrir más fracturas.
Decidió ubicarse a una buena distancia de la comarca que le vio nacer, y hacerse llamar Arturo entre los lugareños, aunque alguno recordaba haber oído hablar de aquel ya lejano en el tiempo milagro de Lugo.
En su soledad, decidió llevar una vida en retiro hasta hacer las paces consigo mismo y con Dios, a quien ahora veía como un buen maestro que por fin ha conseguido que el torpe y vanidoso alumno entienda la lección del modo correcto, pues lo impío está en todo lugar, independientemente del credo predominante.
Ahora yo, Arturo, vivo aquí, en los bosques de un lugar hermoso perdido en la creación de Dios, con Lira, una loba que rescaté de entre las patas de su madre muerta y que a veces parece mirarme con una inteligencia antigua, como queriendo transmitirme la paz que en mi ignorancia me arrebaté a mí mismo en mi juventud, la paz de la que sin duda goza mi madre, que Su Gloria esté.

Don Arturo

As Fauces Da Serpe alanwarlord Gaspar